El peso de las pequeñas acciones
Hoy he escrito mi primera carta en años. Si no contamos las dirigidas a los Reyes Magos, claro. Y no esperaba que algo tan simple me removiera tanto.
La carta iba dirigida a alguien con quien hablo todos los días. Mensajes, notas de voz, llamadas, publicaciones compartidas. Estamos presentes en la vida del otro de mil maneras distintas. Y, sin embargo, cuando me senté frente al papel, no supe por dónde empezar. Me quedé mirando el folio en blanco preguntándome qué merecía la pena escribir ahí que no pudiera decirse en un mensaje instantáneo.
No descubrí ninguna gran verdad sobre la comunicación moderna. Todo es rápido, breve, inmediato y muchas veces hablamos a través de palabras o memes de otros. Escribir aquella carta me hizo consciente de algo que llevaba tiempo pasando por alto: lo analógico tiene un ritual.
Escribir, doblar el papel, meter la carta en el sobre, humedecer el cierre, pegar el sello y dejar la carta en un buzón. Me sorprendió ver que aún quedaban buzones por la calle. Todo este ritual, requiere tiempo y un poco de pausa.
Para no haberlo hecho nunca, no se me dio mal. Es verdad, que tampoco hay que haber ido a Cambridge. Aunque el momento de comprar el sello estuvo a punto de romper la magia. Me miraron raro. miraron raro. Me preguntaron más de dos veces si lo necesitaba de verdad. Tuve que insistir. Yo quería la experiencia completa.
Y cuando llegó la carta y mi amiga me contestó fui consciente del impacto que tuvo, me di cuenta de que sin grandes discursos ni gestos heroicos, conseguí que alguien se sintiera un poco menos solo en el mundo.
Pero luego, como siempre, me dio por pensar demasiado. Y ahí apareció una idea incómoda. La misma persona que había recogido mi carta para entregarla podría ser la que, unas horas después, llamara a otra puerta con malas noticias. Un aviso de desahucio. Una factura imposible de pagar. Un papel cualquiera que cambia una vida entera. El acto es el mismo. El impacto, radicalmente distinto.
Y entonces entendí algo que tampoco es nuevo, pero que merece la pena recordar de vez en cuando: no somos superhéroes ni el centro del mundo, hay muchas cosas que no dependen de nosotros pero tenemos más poder del que creemos. Vivimos rodeados de pequeñas acciones que pasan desapercibidas y que, sin embargo, inclinan un día, a veces una vida, hacia un lado u otro. Una sonrisa. Una mirada esquiva. Un saludo. Un silencio.
Quizá no podamos cambiar grandes estructuras ni arreglar el mundo de una vez. Pero sí decidir qué dejamos en el camino de los demás.
La carta iba dirigida a alguien con quien hablo todos los días. Mensajes, notas de voz, llamadas, publicaciones compartidas. Estamos presentes en la vida del otro de mil maneras distintas. Y, sin embargo, cuando me senté frente al papel, no supe por dónde empezar. Me quedé mirando el folio en blanco preguntándome qué merecía la pena escribir ahí que no pudiera decirse en un mensaje instantáneo.
No descubrí ninguna gran verdad sobre la comunicación moderna. Todo es rápido, breve, inmediato y muchas veces hablamos a través de palabras o memes de otros. Escribir aquella carta me hizo consciente de algo que llevaba tiempo pasando por alto: lo analógico tiene un ritual.
Escribir, doblar el papel, meter la carta en el sobre, humedecer el cierre, pegar el sello y dejar la carta en un buzón. Me sorprendió ver que aún quedaban buzones por la calle. Todo este ritual, requiere tiempo y un poco de pausa.
Para no haberlo hecho nunca, no se me dio mal. Es verdad, que tampoco hay que haber ido a Cambridge. Aunque el momento de comprar el sello estuvo a punto de romper la magia. Me miraron raro. miraron raro. Me preguntaron más de dos veces si lo necesitaba de verdad. Tuve que insistir. Yo quería la experiencia completa.
Y cuando llegó la carta y mi amiga me contestó fui consciente del impacto que tuvo, me di cuenta de que sin grandes discursos ni gestos heroicos, conseguí que alguien se sintiera un poco menos solo en el mundo.
Pero luego, como siempre, me dio por pensar demasiado. Y ahí apareció una idea incómoda. La misma persona que había recogido mi carta para entregarla podría ser la que, unas horas después, llamara a otra puerta con malas noticias. Un aviso de desahucio. Una factura imposible de pagar. Un papel cualquiera que cambia una vida entera. El acto es el mismo. El impacto, radicalmente distinto.
Y entonces entendí algo que tampoco es nuevo, pero que merece la pena recordar de vez en cuando: no somos superhéroes ni el centro del mundo, hay muchas cosas que no dependen de nosotros pero tenemos más poder del que creemos. Vivimos rodeados de pequeñas acciones que pasan desapercibidas y que, sin embargo, inclinan un día, a veces una vida, hacia un lado u otro. Una sonrisa. Una mirada esquiva. Un saludo. Un silencio.
Quizá no podamos cambiar grandes estructuras ni arreglar el mundo de una vez. Pero sí decidir qué dejamos en el camino de los demás.
A veces será solo una carta.
Otras, una palabra.
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